En octubre de 1970, una calle de California fue pavimentada utilizando miles de botellas de cristal rotas como parte del asfalto. El experimento buscaba dar salida a los residuos de cristal de la región y se llevó a cabo en una vía de un barrio que las autoridades consideraban deprimido económica y socialmente, lo que hacía del lugar un candidato ideal para una prueba de bajo riesgo.

El resultado estructural fue positivo: la calle aguantó el tráfico y las condiciones climáticas sin deteriorarse de forma apreciable. El método, denominado glasphalt, demostró que el cristal triturado podía sustituir parte de los áridos del asfalto sin comprometer la integridad de la carretera. Australia terminó adoptando la técnica a gran escala.

Sin embargo, el verdadero coste del invento no se hizo visible hasta once años después. Una parte del problema ambiental que el experimento buscaba resolver se había transladado a otra región: el cristal procedía de vertederos que ahora mostraban un impacto mayor que el anticipado.

El caso anticipa debates que siguen vigentes medio siglo después: la posibilidad de que una tecnología resuelva un problema inmediato en un territorio mientras desplaza sus consecuencias a otra zona, muchas veces más pobre o con menos capacidad de presión política. La historia del glasphalt de California es un precedente olvidado de la justicia ambiental global.