Cuando Xander conoció a Moxie, el robot le enseñó que cuando se sentía ansioso podía calmarse exhalando lentamente por los labios hasta hacer un sonido parecido al de una abeja. Practicaron respirar como dragones para controlar el enojo y olfatear como conejos para recuperar energía. Pero en los seis años que llevan conociéndose, la relación entre el niño y su compañero artificial ha atravesado todo tipo de cambios.

Moxie es un dispositivo de aproximadamente 38 centímetros de alto que parece un astronauta sin piernas de color azul, al que Xander y su padre se refieren usando pronombres femeninos. Su cuerpo cilíndrico puede girar y doblarse hacia adelante y hacia atrás. Su cabeza redonda remata en una pequeña cúpula de cebolla, bajo la cual se esconde una pantalla que muestra expresiones faciales animadas.

Xander, de diez años y neurodivergente, usa a Moxie cuando siente que necesita alguien con quien hablar. “Pero no es humano”, aclara el niño. Moxie pertenece a un subconjunto particular de robots cuyos creadores afirman que pueden ayudar a niños neurodivergentes a practicar el contacto visual, tomar turnos y otras habilidades sociales que normalmente se aprenden con terapeutas.

Sin embargo, el caso de Moxie revela algunos de los fallos que plagan todos estos dispositivos: cuando la empresa que fabrica el robot cierra o discontinúa el producto, los niños que establecieron un vínculo emocional profundo con la máquina se quedan sin su compañero. Los críticos advierten que estos aparatos inevitablemente terminarán en sótanos, armarios o vertederos, con consecuencias particularmente agudas para comunidades de niños especialmente vulnerables.