La cuenca del Atlántico ha registrado apenas tres tormentas con nombre desde el inicio de la temporada de huracanes en junio, un trío de tormentas débiles y desorganizadas que apenas dejaron huella. Los pronósticos auguran una de las temporadas menos activas en décadas, con menos de diez tormentas con nombre previstas para atravesar las condiciones desfavorables que dominan el océano.

El culpable principal es El Niño, el fenómeno climático que se produce cuando las aguas de una región clave del Pacífico tropical superan en al menos 0,5 grados centígrados la media histórica durante varios meses consecutivos. Las mediciones actuales muestran que esa franja del Pacífico registra temperaturas al menos 1,5 grados por encima del promedio para esta época del año, lo que genera patrones de vientos en altitud que impiden la formación de tormentas tropicales en el Atlántico.

El desierto del Sahara también contribuye al silencio tropical. Las intrusiones de aire seco y polvoriento cruzan el Atlántico de este a oeste funcionando como una tapa sobre la atmósfera que suprime la mayoría de las oportunidades de desarrollo de tormentas. El monzón africano del oeste, que normalmente envía nubes de tormenta sobre el Atlántico que luego pueden convertirse en sistemas tropicales, también ha sido débil esta temporada.

América Latina siente de forma directa las consecuencias de esta quietud. Varios países del Caribe y Centroamérica dependen de la actividad ciclónica para renovar sus reservas de agua dulce después de la temporada de lluvias. Además, las tormentas que sí se forman en años de El Niño tienden a ser más intensas y devastadoras precisamente porque se abren paso entre condiciones desfavorables, como advierte el caso de la tormenta Arthur, que podría haber roto el récord de lluvias en Luisiana en 24 horas.