Cambiar de un smartphone a otro es en su mayor parte un proceso fluido. Los datos, aplicaciones y contactos se sincronizan con el nuevo dispositivo. Pero en el mundo de la robótica, intercambiar un brazo robótico antiguo por uno más nuevo generalmente significa comenzar desde cero y reentrenar todo el sistema. Un equipo de investigadores en Suiza busca cambiar eso con un nuevo marco llamado Inteligencia Cinemática.
Durante años, los roboticistas han trabajado en que los robots aprendan de la demostración, enseñándoles nuevas habilidades mostrándoles qué hacer en lugar de escribir líneas de código. El problema es que la mayoría de estas habilidades aprendidas terminan vinculadas al robot específico que las adquirió. Cuando llega un nuevo robot con una configuración ligeramente diferente, ya sea por enlaces más largos, una orientación articular diferente o una configuración más compleja, el comportamiento aprendido se rompe instantáneamente.
Cuando un robot se mueve a través del espacio para completar una tarea, debe calcular constantemente cómo doblar sus articulaciones para mantener su efector final en la trayectoria correcta. El robot debe evitar golpear un límite físico o, peor aún, una singularidad, que en robótica es una zona de peligro matemático: una configuración donde las articulaciones del robot se alinean de tal manera que pierde temporalmente un grado de libertad.
En términos humanos, funciona de manera similar a bloquear los codos cuando se estiran completamente al empujar algo pesado, lo que impide realizar movimientos laterales por un momento. Transferir habilidades entre robots es difícil porque los robots estructurados de manera diferente generalmente tienen una topología diferente de singularidades. Cuando el algoritmo de un robot sigue ciegamente una trayectoria y golpea una singularidad, el cálculo que controla sus articulaciones falla, y el robot podría intentar hacer girar una articulación a velocidad infinita, resultando en un movimiento súbito e inseguro.
El Chasqui
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