El crecimiento exponencial de las capacidades de inteligencia artificial tiene un costo ambiental que empieza a preocupar a reguladores e investigadores. Un nuevo análisis publicado por Ars Technica señala que los centros de datos dedicados en exclusiva a cargas de trabajo de aprendizaje automático ya consumen una porción significativa de la generación eléctrica mundial, y que su huella de carbono podría rivalizar con la de países como Portugal o Finlandia antes del final de la década.
El problema se agrava porque la mayoría de estos centros están ubicados en regiones donde la matriz eléctrica depende todavía de fuentes fósiles. Las grandes tecnológicas han prometido inversiones masivas en energías renovables, pero los investigadores señalan que el ritmo de construcción de los centros de datos supera con creces la capacidad de las empresas para compensar las emisiones con certificados de energía renovable.
En América Latina, el panorama es mixto. Varios países de la región — particularmente Chile, Brasil y Uruguay — cuentan con matrices eléctricas relativamente limpias gracias a la energía hidroeléctrica y solar. Esto los convierte en candidatos atractivos para la expansión de infraestructura de inteligencia artificial, pero también genera tensiones con comunidades locales preocupadas por el consumo de agua y el uso del suelo.
Los expertos coinciden en que la eficiencia energética de los chips de inteligencia artificial seguirá mejorando, lo que podría aliviar parte de la presión en el medio plazo. Sin embargo, advierten que el aumento en la demanda impulsado por nuevos productos y servicios de inteligencia artificial probablemente compensará con creces las ganancias en eficiencia, manteniendo la tendencia al alza de las emisiones del sector.
El Chasqui
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