El índice anual de inteligencia artificial publicado por el Instituto de IA Human-Centred de la Universidad de Stanford presenta este año un panorama inquietante sobre el costo ambiental de la revolución de la IA generativa. Según el documento, los centros de datos dedicados a inteligencia artificial a nivel mundial consumen actualmente 29,6 gigavatios de energía, lo suficiente para alimentar al estado de Nueva York en su punto máximo de demanda. Pero es el dato hídrico el que más ha preocupado a los analistas: el consumo de agua de modelos como GPT-4o es comparable al de 12 millones de personas en países en desarrollo.

El informe dedica un capítulo especial a la concentración geográfica de la fabricación de semiconductores. Una única empresa, TSMC con sede en Taiwán, fabrica casi la totalidad de los chips de inteligencia artificial de última generación que utilizan las grandes tecnológicas estadounidenses. Esta dependencia plantea riesgos significativos de suministro para empresas de Estados Unidos, Europa y también para los mercados emergentes de América Latina que buscan acceder a infraestructura de IA competitiva.

Respecto a la adopción empresarial, el documento de Stanford señala que el 73 por ciento de los expertos estadounidenses tiene una visión positiva del impacto de la IA en sus sectores, mientras que solo el 23 por ciento del público general comparte ese optimismo. Esta brecha entre percepción de expertos y ciudadana es particularmente relevante para países como Brasil, México y Colombia, donde los gobiernos aún están diseñando políticas públicas de IA sin un debate social amplio sobre sus consecuencias.

Los autores del índice advierten que la inteligencia artificial presenta una frontera irregular: los modelos pueden resolver problemas de nivel doctoral en matemáticas avanzadas pero fallan consistentemente en tareas tan simples como leer un reloj analógico. Para los formuladores de políticas en América Latina, el mensaje es claro: la tecnología avanza más rápido que la infraestructura regulatoria y ética necesaria para gobernarla.