En 2018, Jack Zhang, fundador de Airwallex, se sentó en la casa del legendario inversor Michael Moritz de Sequoia para considerar la oferta más tentadora de su vida: Stripe quería comprar su empresa por 1.200 millones de dólares. En aquel momento, Airwallex tenía apenas dos millones de dólares en ingresos anualizados. La cifra que le ofrecían representaba un múltiplo de ingresos de aproximadamente 600 veces. Moritz le argumentó que Patrick Collison era un fundador generacional y que el trato se “capitalizaría” de forma extraordinaria.
Zhang escuchó, caminó dos semanas por San Francisco sin poder concentrarse, y al final dijo que no. Dos de sus tres cofundadores habían votado en contra de la venta, lo que ayudó a inclinar la balanza. Pero el señal más claro vino del tablero blanco de su oficina: la visión seguía ahí, sin terminar. Ocho años después, Airwallex asegura más de 1.300 millones de dólares en ingresos anualizados con un crecimiento del 85% interanual y un volumen de transacciones que se acerca a los 300.000 millones de dólares anuales.
Lo que cambió es que ambas empresas, que durante años operaron en geografías diferentes vendiendo a diferentes tipos de clientes, ahora compiten directamente. Airwallex ha dejado de ser la pequeña startup australiana que apuntaba a los mercados emergentes para convertirse en un competidor global que desafía a Stripe en su propio terreno. La batalla por la infraestructura de pagos digitales a nivel global, un mercado estimado en billones de dólares, está lejos de estar decidida.
El Chasqui
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